Damasco, Siria
4:30 Las voces llaman simultáneamente desde todas las mezquitas sin coordinarse, sin competir, sin chocar ni unirse. Comienzos constantes. Hoy llegas tú. Eso dice tu carta. No sé a qué hora, pero ya no puedo cerrar los ojos porque sólo por ese instante de tu mirada espero.
6:30 Ahora es el turno de las llamadas de los pájaros. Menos impresionantes que los muezins. Discretos, como tienden a ser los pájaros. Y tú, ¿cómo te atreves a volver otra vez con el equipaje lleno de los recuerdos que evocan tus ojos, esos ojos que pretenden ser discretos?, ¿vienes a que tu suave mirada me tenga en vilo, sabiendo lo que no es posible?, ¿otra vez?
7:15 De nuevo la llamada al recogimiento desde la mezquita. En mi caso, nada de mirar a la Meca. Sólo al corazón, mi corazón que es un aeropuerto internacional. Contigo todo son llegadas y partidas. Pero en tu última partida, te equivocaste. Ese abrazo que gritaba ternura, mejilla contra corazón, ese abrazo que se suponía que era de despedida, tenía sabor a llegada. Y hoy vuelves y es una locura: tú arriesgas despistarte de tu rígida dedicación. Y yo de que mi corazón despierte de nuevo y se vea atrapado en tu magia, olvidando el dolor que eres capaz de causarme.
9:30 Caliento el agua para el té de menta. Espero a que el agua hierva y te espero sin poder hacer nada: ni acelerar el tiempo ni huir. Mis piernas están paralizadas por el deseo de ti.
10:45 Fuera oigo los ruidos de la cuidad que aumentan, las bocinas que parecen hablar (“¡Apártate, la calle es mía!”) y las pisadas de las babuchas en la acera, suaves sonidos en los cuales creo oír tu nombre. Me doy la vuelta rápidamente: ¿estás ahí?
12:00 Otra vez la llamada a la mezquita. ¿Recuerdas la última vez que viniste a Damasco? Nos despedimos en mitad del patio de la mezquita de los Omeya. Cada uno andando hacia una orilla. Náufragos. Miré hacia atrás y vi que mientras andabas, te dabas la vuelta sonriéndome como un niño ilusionado que no se daba cuenta de la gravedad de lo que estábamos viviendo. Durante sólo un instante, creí que tu inmadurez ensombraba mi deseo.
14:00 No puedo seguir esperándote sin comer. Enciendo el fuego para calentarme algo. Miro las llamas un rato. Me hechizan. Hace tiempo que sé que eres el fuego que ha arrasado mi vida, pero las ascuas siguen revindicando posibilidades.
17:00 Echada en el sofá, cojo un libro. Releo cada frase tres veces, pero no me entero de nada. Pienso en los próximos días. Vendrás y para ti será fácil (¿lo és?). Desde fuera tu vida cotidiana parecerá tan eficaz y ocupada mientras yo gritaré por dentro: “¿Cómo puedes seguir así?” Cuando estás en mi ciudad soy un manojo de torpezas, una serie de olvidos y retrasos.
18:15 Me apoyo en la ventana y miro atentamente las esquinas. ¿Por cuál llegarás? Pasan hombres con paquetes, mujeres con bolsas de la compra. Recuerdo tu cara, tus ojos. Esos ojos. Y sé que eres manipulador: enredas y acabas haciéndome daño. Pero esos ojos… son esos ojos. ¿Cuándo veré tus ojos?
20:00 “Allah akbar”. La llamada a la oración de la puesta del sol. ¿Dónde estás? El azul profundo del cielo se va resignando y cede su sitio al color rosa. La luz brillantemente decidida del día se inclina bajo la promesa del crepúsculo. No sé si echar la culpa de mi obsesión al crepúsculo, a ti o a esa ridícula esperanza que se instala torpemente en el corazón del que ama y que le acaba amargando con expectativas.
22:00 Pongo la televisión para no pensar en ti un rato. Las noticias. ¿Llegarás antes de que acaben? Recuerdo el interés con el que tú ves las noticias, comentando lo que está ocurriendo en nuestra parte del mundo. Sé que tu vida se te va en ello. Creo que te interesaría la noticia que están dando ahora. Están deteniendo a unos dirigentes… kurdos. ¿Puede ser? No, no es posible. ¿Son tus ojos? ¡Són tus ojos! ¡Te están llevando esposado!