Palestina – Las luces engañosas

Palestina

 

LAS LUCES ENGAÑOSAS

Era su única ilusión. Yo sabía que era mentira pero lo hacía cada noche para complacerle.

– Sí, abuelo, ya subo contigo a ver las luces de Jaffa.

Yo no era su único nieto pero era el único que colaboraba con el abuelo en esa rutina que yo creía que le mantenía en vida.

El año 1948, mi abuelo Jabir, se había tenido que ir de su casa, de su pueblo de Jaffa, el pueblo de sus padres y de sus abuelos. El dejar su pueblo no era una idea que mi abuelo ni ninguno de sus vecinos habían contemplado ni ese año que luego bautizaron como Nakba (“El Desastre”), ni nunca, cuando, de una manera precipitada, tuvieron que salir con todo lo que pudieron cargar en sus carros. Las instrucciones estaban claras: tenían que irse a un trozo de tierra en alto, lejos, desde el cual ya no podrían volver al mar. Por decreto.

Para mí, Nablus, en Cisjordania, era todo lo que conocía, con sus laderas llenas de almendros y olivos, su clima extremo y la neblina abajo, a lo lejos, hacia lo que debía ser el mar al que no podíamos acceder. Estábamos encerrados, prisioneros, aunque para mí, eso era casi normal. Eso era todo lo que yo había conocido.

Pero lo que había oído, eso era otra cosa. Esa era la realidad en las palabras de los mayores y la sensación en el aire de que lo mejor del pasado y del futuro estaba en otro sitio: Jaffa. El presente tenía poca fuerza al lado de la llave que mi abuela llevaba en una cadena alrededor del cuello, la llave que, nos explicaba una y otra vez, era de la gran puerta de madera de la casa de Jaffa. Ella tocaba y miraba la llave como si en vez de hierro, estuviera hecha de oro.

Las historias del abuelo Jabir sobre la brisa del mar que respiraban con lo que yo me imaginaba debía ser alegría cuando aún vivían en Jaffa, me producían tristeza. Esa tristeza mezclada con la culpa de no poder alegrar a mi abuelo lo suficiente, ni con mis chistes ni con mis buenas notas del colegio, me motivaba a participar en esa rutina nocturna. Quería ser el nieto bueno que compensaba por todo lo perdido.

Lo único que parecía aliviar un poco ese peso melancólico que llevaba mi abuelo, era subir cada noche al terrado de casa a pasar un rato mirando hacia el oeste, hacia esas luces en el horizonte que él decía que eran de Jaffa.

– Durante el día, no se ve más que neblina en el horizonte – me repetía el abuelo como si tuviera que convencerme, – pero la noche, que podría ser más triste, nos regala este espectáculo, nos deja ver nuestra querida Jaffa.

Yo no había viajado fuera de Cisjordania, no era posible. Pero en la escuela estudiaba geografía y leía y sabía que esas luces no eran de Jaffa. Esas eran las potentes luces de la nueva ciudad de Tel Aviv. Lo que quedaba de Jaffa, era ahora un pequeño e insignificantes barrio de Tel Aviv, cuyas luces no se veían desde muy lejos.

Yo temía que el abuelo se diera cuenta de la verdad si veía fotos de Tel Aviv en revistas y periódicos. Con lo cual hacía todo lo posible por esconder rápidamente cualquier periódico o revista que entrara en casa que tuviera fotos reveladoras.

No creo que mi abuelo se enterara. No creo.

Creo que cuando murió a sus 70 años, no sabía la verdad. Eso me reconfortó en mi duelo.

* * * *

– No llores, sólo son fuegos artificiales- decía yo a mi hijo de seis años a quien yo intentaba tranquilizar mientras tenía otro ataque de pánico.

Me había casado con Aamina, una chica de Gaza City, cuando éramos los dos estudiantes en la Universidad de Birzeit cerca de Ramallah. Nuestra decisión de venirnos a vivir con sus ancianos padres a Gaza pareció la más acertada en ese momento. Con sus pequeños ahorros y el dinero que mandaban sus otros hijos del extranjero, se habían construido, poco a poco, una casa lo suficientemente grande para sus siete hijos. Pero Aamina era la única de los siete que quedaba en Palestina. Los demás, que no encontraban trabajo, se fueron para intentarlo en Jordania o Egipto. Con los años esperaban que la situación se tranquilizara para volver. Pero el bloqueo y las agresiones de Israel del 2008, les convencieron de que tenían que comenzar a aceptar su condición de exiliados.

Yo no se lo reprochaba a mis cuñados. Bueno, a veces sí. A principios del 2009, bajo los bombardeos israelis, en las largas noches intentando tranquilizar a mi hijo para distraerle del aterrorizante sonido de las explosiones, yo vivía con mi propia guerra interna.

– Deberíamos habernos ido todos- me reprochaba a mí mismo entre los lloros de mi hijo y el ruido de los helicópteros. – Deberíamos habernos ido mientras aún podíamos.

Y mi conflicto interno aumentaba cuando mi suegro repetía sus frases favoritas:

– No hay que abandonar Gaza. Es nuestra tierra. No se la vamos a entregar a los invasores.

Y la que más repetía y más me sacaba de quicio era:

– No tengo miedo: sólo se muere uno una vez.

Pero en realidad, no tenía tanto tiempo para mis luchas internas con mi tarea inmediata de cuidar de mi hijo, mi mujer y mis suegros. Durante el día intentaba distraerles con mis chistes e historias de películas que había visto, mientras Aamina salía a buscar comida. Decía que sería mejor si salía ella, ya que no podrían confundirla con un militante de Hamás y estaría más segura que yo, mientras yo intentaba ser el buen yerno, marido y padre que compensaba por lo que estaba ocurriendo y por los que no estaban.

Hice todo lo posible para que mis suegros y mi hijo no se enteraran de que el misil que había caído en la mezquita de enfrente, había matado a las cinco hijas de la familia de la casa de al lado. No teníamos electricidad, con lo cual no había peligro de que a través de la televisión, del canal Al-Jazeera, el único que quedaba en Gaza, mis suegros y mi hijo vieran las imágenes y se enterarán de la inmensidad de la tragedia.

Aamina y yo teníamos escondido debajo de la almohada, un pequeño transistor de pilas por el que escuchábamos las noticias por la noche sin que los demás lo supieran. Bueno, por la noche cuando no estábamos intentando tranquilizar a nuestro hijo que lloraba y gritaba con cada sonido de explosión.

– Aziz, no llores, son fuegos artificiales- le mentía yo, – esas luces son fuegos artificiales de una fiesta.

Le estaba mintiendo, pero lo hacía cada noche para complacerle.

 

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