París: La Ventana

PARIS:

LA VENTANA

Pronto se iría con él, por lo que no valía la pena engrasar las bisagras para silenciar el chirrido de la puerta. Tampoco tenía sentido, se decía ella, comprarse más libros y comenzó a vaciar las estanterías y a vender, a la librería Shakespeare and Company, los libros que no eran los más imprescindibles. Pronto se iría. Ya quedaba poco.

Él le escribía: “pronto estaremos juntos” desde un país lejano y le mandaba paquetes llenos de los colores que vería cuando finalmente se instalara ahí: flores violetas y rojas de los árboles grandes y tela azul turquesa teñida por una mujer en el mercado. Los colores brillantes que le hablaban de una tierra del sur.

Él tenía tareas que acabar antes de que pudieran estar juntos. Con su máquina de fotos aún tenía batallas que fotografiar en sitios con nombres misteriosos donde, al atardecer, se oían ruidos extraños, aullidos de animales o lamentos.

Ella, en su buhardilla mirando a los tejados casi plateados por la lluvia y el gran río gris, esperaba en la ciudad del norte, con la disciplina que exigían sus sueños del futuro. Con la misma disciplina le seguía la pista por las fotos publicadas en los periódicos. Era parte de su rutina cotidiana: al volver del trabajo, salía de la estación del metro Pont Marie a la lluvia, paraba en el quiosco, donde una mujer con mirada triste pero cómplice, le daba los periódicos que, un día más, le había guardado.

En la buhardilla, los extendía rápidamente encima de la colcha de colores que él le regaló y pasaba las páginas con esperanza. Algunos días, su búsqueda era recompensada: al pie de una foto, su nombre y las palabras que sonaban mágicas: “Agencia Black Star”.

Miraba las fotos con curiosidad, buscando algo de él: ¿qué sentiría cuando fotografió a esa gente huyendo del pueblo?, ¿pensaba en ella la tarde que hizo fotos del callejón donde hubo tiros?

Recortaba las fotos, las pegaba en la pared inclinada de la buhardilla y, sentada en la cama, las miraba buscando un mensaje, una pequeña indicación de que se cansaba y quería que fuera con él.

Ella le quería y le seguía queriendo aunque no estuvieran juntos. En su ausencia, llenaba el tiempo de pequeñas tareas dedicadas a él: escribirle, buscar sus fotos en el periódico, pensar en él. Él era el enfoque de su vida y, sin darse cuenta, prefería la presencia de su ausencia que el vacío de la verdad.

* * * *

Aquella noche le sorprendió. Fue la víspera de su partida. Volviendo de cenar en el Café de la Rue du Centre, al subir las escaleras de casa, él se paró y le miró directamente.

– Tengo miedo – dijo él. – Tengo miedo de tu paciencia.

Ella se quedó mirándole al fondo de sus ojos azules, confusa, y se daba

cuenta de que, porque estaba en un peldaño más arriba que él, eran, por una vez, del mismo tamaño.

– ¿De mi paciencia? –preguntó.

Pero él no le contestó y ella, aún notando la novedad de estar a la misma

altura, pensaba que, a lo mejor algún día, comprendería la importancia de esas palabras que esa noche le parecían absurdas.

* * * *

Sentada en la silla al lado de la ventana de la buhardilla, mirando el río ancho y oscuro, volvía a leer sus cartas y esperaba pacientemente el día que finalmente le dijera que se fuera con él.

Pero eso fue hace mucho tiempo. Un día de estos arreglará el chirrido de la puerta que, como una vieja canción, le trae recuerdos de ese tiempo de promesas y le acompaña en sus noches al lado de la ventana.

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