GUATEMALA:
SALVADA POR LA CLAUSTROFÓBIA
En aquel mismísimo día decidió dejar de intentar curar su claustrofobia.
Desde pequeña había convivido con esa desagradable sensación de que no podía estar en un espacio pequeño y de que le faltaba aire.
Pero lo peor fue en Guatemala. La extrema altura del altiplano hacía que el respirar fuera una dificultad permanente. Y como si eso no fuera suficiente, los autobuses en los que se desplazaba iban atiborrados. Un viejo autobús amarillo que, en sus buenos tiempos sirvió como transporte escolar para cuarenta niños norteamericanos, ahora transportaba casi cien indígenas y sus pertenencias.
Desde el principio de su viaje, cada vez que tenía que desplazarse, había intentado subirse la primera al autobús para poder sentarse en el asiento de delante, y así evitar el agobio de tener gente alrededor. Y casi siempre lo había conseguido, en parte, gracias a su insistencia mediterránea y, en parte, a la pasividad de los indígenas locales.
Pero aquel día no tuvo suerte. Cuando consiguió subirse al autobús que le llevaría desde Chichicastenango a Huehuetenango, ya estaba lleno. Con su mochila, desanimada y enfadada, se desplazó por el pasillo central saltando por encima de los que estaban sentados en el suelo hasta la penúltima fila. No sabía cómo iba a sobrevivir. No creía que podía.
Sentada en el pasillo, intentó hacer ejercicios de respiración para combatir el pánico, mientras el autobús se ponía en marcha. No, no podía. Tenía que salir. Tranquila, se decía a sí misma y empezó a pensar, una vez más, en el posible origen de su claustrofobia. ¿Tendría que ver con su nacimiento? Le habían contado que, cuando su madre se puso de parto en una soleada mañana de septiembre, el Dr. Pujol le dio una inyección para frenar las contracciones hasta que su padre volviera a mediodía de alguna tarea importante en la universidad. Pero esa historia no le ayudaba a disminuir su malestar. Decidió probar distraerse observando a los otros pasajeros cuidadosamente. Mujeres y hombres, morenos, bajitos, vestidos de colores que, apretujados, viajaban en total silencio. ¿Cómo pueden aguantar estar en un sitio cerrado?, se preguntó desabrochándose la chaqueta para respirar mejor y recordó que los jerseis siempre habían sido otro disparador de su fobia. Desde pequeña, cuando se quitaba un jersey, inevitablemente se le quedaba la cabeza atrapada y pasaba un desagradable rato intentando respirar hasta que conseguía arrancarse ese objeto de lana que quería estrangularla. La falta de aire le sacó de sus recuerdos bruscamente: ¡No!, quería gritar ella, ¡quiero salir de aquí ya!
Sin pensarlo y olvidando su mochila, se puso de pie y anduvo pasando por encima de los que estaban sentados en el pasillo, hasta la puerta trasera de emergencia. La abrió y saltó. Afortunadamente el autobús no iba muy rápido y ella cayó rodando sobre la hierba de la cuneta. ¡Aire!, gritó aliviada, mientras el autobús se alejaba por el camino.
Cuando llegó andando a Huehuetenango, la estación de autobuses estaba vacía a excepción de un diminuto señor con una gorra de beisbol detrás del mostrador, quien, esperaba ella, le ayudaría a encontrar su mochila.
– ¿Ha llegado el autobús de Chichicastenango?- preguntó con poco
aliento.
Sin levantar los ojos del mostrador y en voz baja el hombre respondió:
– Se lo llevó. No más.
– ¿Quién se lo llevo? ¿A dónde?- preguntó impaciente.
El señor seguía mirando a los papeles que tenía delante de sí como si
ellos tuvieran la respuesta.
– El ejército- su voz era tan suave que casi no le oyó.
– ¿Y los pasajeros? – preguntó, acelerada y alarmada, sin pensar si su
tono de voz era el adecuado.
– Se los llevaron a todos – respondió y comenzó a mirar
nerviosamente a un punto detrás de ella. – Mejor se vaya usted a México. ¿Le vendo un boleto para la camioneta que va a Comitán?
Se quedó pensativa. Él esperaba pacientemente su decisión.
Pero ella sólo podía pensar en una cosa: ¿la psicóloga entendería su repentina decisión de abandonar la terapia?
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