Washington – La pared

Washington

LA PARED

 

No sabía si era espía o un militante clandestino de izquierdas o quizás un empleado de una agencia internacional.

Hablaba en generalidades, con ciertas alusiones y desaparecía y aparecía en los sitios y en los momentos menos esperados.

Aun así, Julia sacó un par de cosas de él: que viajaba constantemente entre Cuba, su Brasil natal y Washington D.C., donde se suponía que vivía, que tenía pánico a la policía de los aeropuertos y su nombre: Ulysses.

En una conferencia (o una tapadera, nunca lo supo) sobre la situación económica de Brasil que dio en la ciudad donde vivía Julia, ella le conoció y se obsesionó. O se obsesionaron, porque él insistió que ella fuera a verle pronto.

Julia no tardó mucho en llegar a Washington. Él le había dado la dirección de una comuna hippy cerca de la universidad donde les dejarían una habitación ya que no era posible en su residencia oficial. Secretos.

Julia no recordaba bien la casa ni las muchas personas que parecían entrar y salir de ahí, ya que casi no salieron de la habitación durante dos días. Ulysses no le aclaró más sobre su identidad pero sí la llevó en un viaje con su suave acento brasileño como guía, por los paisajes de sus recuerdos de Minas Gerais y por su cuerpo. Con él Julia era nueva y tocar era algo que él le acababa de enseñar. Y le puso una pulsera de piedras amarillas que le había traído de Ouro Preto.

Julia estaba tan ensimismada que no notó ni el desorden de la habitación prestada ni el paso del tiempo hasta que Ulysses se levantó de golpe, asustado, diciendo que tenía una reunión urgente y se fue.

Pasaron las horas y la noche, pero él no volvió. Toda la ilusión que Julia había puesto en ese hombre enigmático empezó a convertirse en ansiedad.

Al día siguiente Julia llamó al teléfono que había utilizado para localizarlo en otras ocasiones, pero negaban conocerle. ¿Se lo había tragado la tierra? ¿Le había perdido? ¿O se lo había imaginado todo? No sabía dónde buscarle y se sorprendió a sí misma, ella que entonces no era dada a dejarse sentir pena, con unas grandes ganas de llorar. Pero antes de que se pudiera abandonar al llanto, alguien llamó a la puerta de la habitación. Un hombre bajito, gordito, con barba y con una cara que a Julia le recordaba mucho a la de Karl Marx, entró en la habitación con una mochila casi más grande que él.

– Hola, soy Carl – dijo sin dudar – vengo de San Francisco y me han

dicho que puedo compartir esta habitación.

Sin saber qué decir, Julia cogió su chaqueta y salió rápidamente.

Intentando no soltar ninguna lágrima, cruzó corriendo el barrio de la Universidad de Georgetown hacia los grandes edificios blancos y las inmensas llanuras de césped. ¿Qué buscaba? ¿A Ulysses o un sitio para llorar en paz? Ninguna de las dos ideas parecían posibles en una ciudad tan monumental.

Pasó el Jefferson Memorial, el edificio a Lincoln, anduvo por el borde del estanque hasta el obelisco de Washington. Quiso alejarse de los edificios blancos y fríos y se encaminó hacia el río Potomac.

Cuando el cesped se empezó a inclinar, Julia se dio cuenta de que había otras personas que andaban en la misma dirección que ella. Al principio pensó que era una proyección suya, pero era verdad: todas esas personas iban llorando. ¿Les habría contagiado ella con sus lágrimas reprimidas? se preguntó. Vio que la gente se añadía a una cola ordenada de más gente llorando que se perdía en una hondonada. Casi se olvidó de la razón de su tristeza ante tal extraño espectáculo.

Julia no se puso en la cola, sino que se adelantó a ver a dónde llegaba. Divisó un trozo de mármol negro que aumentaba en tamaño y se convertía en una larga pared llena de inscripciones. De cerca vio que eran nombres. Los de la cola andaban rozando la pared y parecían buscar un nombre en particular. Cuando lo encontraban, lo acariciaban, algunos lo besaban, otros calcaban el nombre con papel y lápiz y todos parecían dejar incrustado en la rendija que había al lado del nombre, un papel doblado, un palito del cual colgaban un objeto como un oso de peluche o una flor.

No necesitó más permiso. Julia se sentó en el césped, cerca de la pared negra y lloró abiertamente como todos los que desfilaban delante de ella. Miró la pulsera que llevaba en su muñeca y aumentaron sus sollozos.

Sin darse cuenta, la luz de la tarde se fue apagando y ya quedaba poca gente delante de la pared. Cuando ya no había nadie, un hombre con un mono azul y un carrito, empezó a retirar, cuidadosamente, los objetos de las rendijas y a cada uno le ponía una pegatina en la cual escribía el número que había en la pared al lado del nombre.

Julia miraba al hombre trabajar, aunque él no parecía haberle visto, y se notó más tranquila. Lo que le había hecho sentir tanta pena parecía haberse disipado.

Cuando el trabajador llegó al final, volvió hasta donde estaba Julia y se acercó a la pared. Sacó un trozo de papel doblado de la rendija que había al lado de un nombre: U. da Silva.

Julia se puso nerviosa y más aún cuando el trabajador se dio la vuelta y le entregó la nota.

Julia se la metió en el bolsillo sin mirarla.

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