ESTAMBUL:
BOLSILLO LLENO DE TERNURA
Suavemente, de la misma manera que cuando cruzaba la plaza de Ortakoy y no quería ahuyentar las palomas, sube, como todas las tardes, de puntillas, al tranvía a las cuatro en punto. Se ajusta el pañuelo para ser vista lo menos posible y se sienta ni muy lejos ni muy cerca de él, sin molestar, para comenzar su viaje diario a ninguna parte.
El tranvía recorre las avenidas Turgutozal, Yenicericer y Divayolu, hasta la mezquita del Sultán Ahmet, una y otra vez, hasta las ocho de la noche.
Ella le mira con afecto, memorizando cada uno de sus gestos: una delicada mano sujetando la palanca mientras, con la otra, da cambio a los pasajeros dudando con un rubor poco propio de un conductor. También se fija en esos hombros, un poco encorbados, casi discretos, hombros que ella sueña con poder, un día, abrazar.
Ella verifica, con ternura, que en un bolsillo de su chilaba aún tiene las notas que le escribió la noche anterior. Las ha repasado tantas veces que se acuerda de cada frase:
“Intento evitar tus ojos tímidos, expectantes, que creo que me buscan. ¿Será verdad? Intento esquivarlos pero me los llevo en mis pensamientos y, en casa, la imagen de esos ojos casi avergonzados, titubeantes, llenos de promesas, irrumpe en cada rincón de mi noche y me mantiene despierta, escribiendo.”
“Mi corazón se ha vuelto desobediente y se distrae de la vida que había tenido que llevar. Te quiero desde el primer día sin palabras. Todas las tardes ahí estoy, fiel, con la paciencia del otoño. No quiero molestarte pero te quiero en silencio y te seguiré queriendo hasta que realmente te des cuenta.”
“Nuestras familias nunca estarán de acuerdo: yo soy musulmana, tú eres cristiano (veo la cruz que llevas en una fina cadena de oro, esa cadena que acaricia tu cuello). Pero tú me salvarás. Antes de que los árboles piensen en brotes, antes de que el frío olvide esta ciudad gris, tú me rescatarás de ese otro futuro. Puedo esperar años, años acompañándote en este tranvía, porque ya no quiero esa otra vida, la de las burlas de siempre, la de sólo oir por la noche la bocina de los ferris. Tengo miedo, pero el temor se empieza a cansar de sí mismo.”
Cuando él acaba su turno, se baja por la puerta de delante; ella, por la de detrás y se va a casa con paso rápido. Al entrar, cuelga la chilaba en el pasillo y se va a su habitación sin que nadie le vea.
Esa noche, su madre, antes de meter la chilaba en la lavadora, repasa los bolsillos. No entiende qué hacen, ahí, unos papeles en blanco.