Montreal – Emma cierra la puerta

Montreal

EMMA CIERRA LA PUERTA

30 de agosto, 1966

Mañana me voy y esta noche no puedo dormir. Estoy llena de sentimientos confusos y agitados, y lo único que puedo hacer para intentar calmarlos es escribir. Aunque me siento mejor después de haber llorado un buen rato, lo que ha ocurrido esta noche me ha dejado trastornada en un día que ya era tenso. Mañana me voy de casa de mis padres y estaba intentando no ponerme a recordar como se tiende a hacer en un momento así. Quería pasar por esto como si nada, manteniendo mis emociones tranquilas. Pero con mis maletas a punto para mañana, he tenido un incidente con mi madre que me ha dejado alterada.

Me voy de esta casa y, aunque no voy muy lejos, es el viaje que he estado preparando toda mi vida. Podría decirse que para abrir la puerta,que nunca sé del lado de quien está, e irme, no necesitaba ninguno de mis mapas desgastados. Sin embargo un paso que parece tan pequeño es un largo viaje al cual nací hace diecisiete años y, después de lo que me ha contado mi madre esta noche, es aún más imprescindible.

He querido irme de esta casa desde siempre y he vivido entre libros de aventuras y viajes imaginarios. ¿A dónde quería ir? Cuando era pequeña pretendía que yo tenía el único mapa de un lugar que se llamaba Ningunaparte. En cambio, debería haber tenido un mapa para este país de emociones extrañas que es mi familia.

Aunque hace un par de años que mis padres saben que me iría de casa cuando llegara el momento de empezar la universidad, en las últimas semanas han estado enfadados con mi decisión. Doy por hecho que el silencio de mi padre, ese silencio en particular, porque tiene un gran repertorio de silencios, es discrepancia. Mi madre, como de costumbre, lo dice en voz alta. Esta mañana, por un instante, cuando me ayudaba a bajar la maleta del altillo, por la manera enérgica en que movía los brazos, pensé que, aunque no estuviera de acuerdo, por lo menos lo aceptaba.

Pero dos horas más tarde, cuando vio la maleta hecha y cerrada en el pasillo, su humor era más el suyo de siempre.

-¿Qué es esto? – preguntó, mirando a la maleta como si fuera un

objeto extraño que había invadido la casa para raptarme.

-Sabes muy bien que me voy mañana – repetí intentando mantener la

calma, mi paciencia motivada por la idea de que no iba a tener que aguantarla mucho más.

-¿Te vas? – preguntó, – ¿Te vas? – repitió más alto mientras iba hacia

el cuarto de estar donde pensaba que estaba mi padre. – ¿Has oído? ¡Dice que se va! –añadió con ese tono tan familiar, mezcla de sarcasmo y enfado, sin imaginarse lo que ocurriría unas horas más tarde.

No, no es que tenga mala memoria, es que piensa que la realidad se desarrolla según sus propios deseos, parecido a la Reina Mágica de un cuento de mi infancia.

No voy a echar de menos muchas cosas, entre otras, las cenas. Siempre ha sido igual: Papá callado y deprimido, mi hermano callado y hostil, Mamá con la bandeja de la comida a su lado, reteniéndola, como si fuera un premio a repartir una vez hubiéramos escuchado lo suficiente sus quejas del día. La cena ha sido el momento del día en que todos traen su malestar a la mesa y yo, automáticamente, me meto en mi rol de bufón, sintiendo que si no lo hago, la situación se desequilibrará y la habitación se volcará. Cuando tenía dos años comencé a entender que las miradas exigentes e incómodas de mi madre eran, en realidad, instrucciones claras para que alegrara a la familia y compensara por la ausencia de otros. ¿De quiénes? Entonces yo no lo sabía.

Cuando mis patéticos intentos en la mesa fracasan, mi madre retoma su monólogo y yo dejo de escuchar, concentrándome en observar la habitación cuidadosamente, como si se tratara de un ejercicio.

El objeto del comedor que más me fascina es el viejo samovar. Está ahí, encima de la cómoda y es la única muestra de que mis padres son de Polonia, “el viejo país”. Ese objeto de plata ennegrecida ha sido un testigo callado durante todas las comidas. Desde siempre mi madre se ha referido a ese objeto aparentemente inmóvil como parte de la familia en las pocas ocasiones en las que habla del pasado: “Cuando cogimos el tren con el samovar…” o, “pude sacar el samovar de la casa a tiempo”. Esos comentarios me han dado la impresión de que el samovar es la familia europea de la cual mis padres casi nunca hablan.

Por ser un objeto tan importante, tiene un aspecto bastante abandonado. Su aspecto sucio y negro no parece adecuado para un personaje tan ilustre. Aún con su apariencia descuidada, cuando mi madre, sentada a la mesa, habla del samovar, apuntando con la nariz mientras sus manos están ocupadas con los cubiertos, veo en sus ojos brillar una extraña expresión que me fascina y me asusta al mismo tiempo.

* * * *

En mi habitación con mis mapas es el único sitio donde puedo calmar esa sensación que siempre he notado en mí, esas ganas enormes de huir de casa. He sido demasiado responsable y sabía que no me podía ir antes de no tener un trabajo con el cual independizarme. Aun así he guardado ese deseo como un talismán valioso que he creído que me daba fuerza para continuar en una situación que tendría que haber abandonado hace mucho tiempo.

La verdad es que todos estos años he tenido dudas sobre ese deseo de huir. Parte de ese sentimiento perdía su belleza por la idea de que las ganas de irme eran, posiblemente, algo malo en mi carácter, como todo lo demás que mi madre me sigue recordando: mi mala caligrafía, mi tendencia a tropezarme con mis propios pies y mi ceño constantemente fruncido. Sí, supongo que una buena hija no tiene tantas ganas de irse de casa. Pero, ahora que estoy a punto de marcharme, me doy cuenta de que, aún con mis dudas y mi sentimiento de culpa, es la única opción y esta noche sé finalmente que las dudas no eran todas mías, que sensaciones sobre viejos eventos que no eran míos, que se colaron en mí.

En esta familia, he sentido esa sensación de dudas más a menudo de lo que quisiera admitir, una extraña impresión que tengo cuando lo que veo parece normal para todos los demás, pero a mí me parece raro y hasta preocupante y, además, me siento culpable de no poder compartir su punto de vista de los demás. La tensión que esto me causa es como un malestar en mi estómago que a menudo confundo con la sed.

Como cuando voy en autobús con mi madre y la manera en que ella habla, supuestamente a mí, pero mirando a todos los otros pasajeros como si los hubieran puesto ahí sólo para hacerle de público. Siempre siento vergüenza y algo de alarma por su comportamiento, pero lo único que me he atrevido a hacer es mirar para otro lado y esperar que el rubor que siento sobre mi madre y la culpabilidad de sentirme avergonzada de ella me hicieran invisible.

Esa sensación contradictoria también la he notado en mí cuando mi madre menciona algo sobre su pasado de manera críptica y breve, suspirando y mandándonos al resto de la familia el mensaje de que ella no había podido elegir, que las circunstancias aparecieron, la escogieron a ella y robaron la música y el buen gusto de su vida. Nunca lo ha dicho directamente, pero yo he tenido la sensación de que me acusa de algo que guarda en secreto con el resto de su pasado y, esta noche, sé que mi intuición no se equivocaba.

Con mi padre también he tenido algunos de esos momentos de tensión interna. Le he visto poco ya que llega tarde de la relojería en la que trabaja cerca de casa, en Park Avenue, y, después de cenar, se sienta en su sillón en una esquina del cuarto de estar y esconde su cara y sus gafas detrás del periódico y sólo su calva indica que de verdad está ahí. Casi nunca habla y cuando lo hace, es sin palabras. Me dedica una mirada agridulce y una sonrisa tímida. No he estado segura de cómo responderle y a menudo le he observado discretamente desde detrás de mi libro intentando descifrarle.

Cuando tenía diez años, sentí una de esas sensaciones de que no debería cuestionar la realidad sobre mi padre, cuando me di cuenta de que se iba al trabajo demasiado temprano por las mañanas. La relojería abre a las nueve y, aunque sólo se tarda en llegar cinco minutos andando, él se iba a las siete y media. Pregunté a mi madre a dónde iba Papá tan pronto y ella contestó bruscamente que se iba a trabajar y noté la tensión de no creerla. Guardé esa sensación dentro de mí hasta que unos años más tarde decidí seguir a mi padre una mañana.

* * *

Hasta esta noche, no estaba muy segura cómo o por qué mis padres, Agnezka y Pzemeck, llegaron a Montreal en 1942 de Polonia. Suponía que buscaban una existencia más próspera y tranquila lejos de las guerras, como los otros inmigrantes de Europa del Este que vinieron entonces.

Mi hermano Stan (la versión canadiense de Stanislaw) nació en 1946 y yo en 1949.

Aún antes de haber nacido yo, mi familia ya vivía en esta casa en la calle Jeanne-Mance, en el barrio inmigrante de la ciudad, entre italianos, húngaros, griegos, portugueses y otros polacos.

No he tenido mucha conciencia de ser hija de inmigrantes. Mis padres hablan en inglés entre ellos y con nosotros con lo cual no hablo polaco y entiendo poco, sólo algunas palabras de las pocas veces que mis padres se dicen algo en polaco para que no les entendamos. Aún con su fuerte acento, mis padres hablan bien el inglés. Supongo que tuvieron un buen nivel de educación, pero nunca hablan de eso tampoco.

Primero pensé que no nos hablaban en polaco porque ellos, sobre todo mi madre, querían ser diferentes, “mejores” que los otros inmigrantes. Luego, con el tiempo, empecé a pensar si no era parte de un esfuerzo por olvidar el pasado. Esta noche sé que era eso.

Me acuerdo de cuando le pregunté a mi madre por qué no nos hablaba en polaco. Ella me respondió rápidamente:

-¡Ahora estamos aquí!

Cuando alguien demuestra curiosidad a mi madre sobre su procedencia,

algo muy común en este barrio inmigrante, ella responde que es canadiense y, entre su tono enfático y el desconcierto que su acento causa en contraste con lo que está diciendo, la conversación acaba abruptamente.

Pero en casa, mi madre sí habla de otros inmigrantes, aunque no siempre amablemente. No le parece gustar que se reúnan entre ellos.

-Pero, ¿qué hacen ahí? ¿Comer blintzes de queso y borsch?-

comenta irónicamente cuando pasamos delante del Centro Polaco de la calle Saint Laurent.

O también dice:

-¿Qué necesidad tienen de siempre estar con gente de su propio país?

Mírame a mí, yo no necesito estar hablando una y otra vez de los viejos tiempos.

Los únicos inmigrantes que mi madre ve con buenos ojos son los portugueses. Esto lo he notado cuando me manda a hacer la compra.

– Tenemos que hablar de la lista de la compra, – dice, sentada en la pequeña mesa de la cocina con papel y lápiz, mientras yo, de pie, me apoyo contra la pared, con las manos en los bolsillos, pensando que, si no me siento, la experiencia será más breve que otras veces. – No, siéntate bien, – señala la silla a su lado, en la cual, reticentemente, me dejo caer. – Tenemos que hablar de la lista de la compra. Huevos. Cómpralos en la tienda húngara, pero asegúrate que no te dan ninguno roto. Nunca se sabe con esa gente. ¿Sabes lo que quiero decir? – pregunta sin averiguar si yo sé o no lo que se supone que debo comprender. – Leche y queso en la tienda de los griegos, pero asegúrate de la calidad. Un trozo de queso fresco y otro de queso curado. Te lo escribiré porque te olvidarás. Asegúrate de que te entienden. La última vez que estuve, sólo estaba María, la vieja que no habla una palabra de inglés. Compra la verdura y la fruta en la tienda de los portugueses. Sé amable con ellos. Se lo merecen – dice con firmeza, y como su monólogo llena todo el tiempo, no tengo que decidir si arriesgarme a hacer de mis dudas, preguntas. – No, no te levantes. Siéntate y volvamos a repasar la lista.

Mi enfado por la manera en que me habla se mezcla con mi curiosidad por las posibles razones por las cuales es tan amable con los portugueses.

A veces esa amabilidad es exagerada, como un día que hablaba con una vecina portuguesa. Me impresionaba la transformación de mi madre y la cara de sorpresa de la vecina, que parecía no saber a qué se debía un trato tan amable.

Yo tampoco lo sabía entonces.

* * * *

Pero a lo mejor soy yo. Siempre me he hecho demasiadas preguntas. Es posible que, como los monólogos de mi madre eran la única comunicación en esta familia, yo necesitaba satisfacer mi necesidad de diálogo dentro de mí.

Una de las preguntas que me ha rondado atrapada en mi mente, era sobre mi hermano Stan: ¿por qué era así? Sus ojos me hacían preguntarme eso y también me hacían querer mantenerme alejada de él. Esa mirada, que aún tiene, es una mezcla de miedo, casi terror y tristeza. Pero, aunque parezca extraño, esa mirada contrasta con su comportamiento mandón.

Cuando éramos niños, sólo jugábamos juntos cuando, me cuesta admitir, él me sobornaba. Ya sabíamos, sin decir nada, que normalmente no jugábamos juntos porque para él, jugar era una actividad donde él controlaba el desarrollo y definía los roles. Pero algún día yo hacía una excepción, cuando me daban pena esos ojos tristes y su insistencia daba buenos resultados. Él sabía que yo admiraba su colección de juguetes y que con suficiente persistencia aceptaría participar en sus guiones en los cuales, por ejemplo, él hacía de maestro y yo de alumna a cambio de un avión de juguete, o más a menudo, parte de un avión, pues el resto sería ganado en más sesiones de juego. Él sabía por experiencia que yo no tenía suficiente paciencia para aguantar más de una sesión de juego en varios meses, con lo cual sus juguetes estaban a salvo.

Pero, al cabo de unos meses, inevitablemente, me olvidaba de lo desagradables que eran esas sesiones interminables y meticulosas y cedía una vez más. A lo mejor pensaba que si era amable con él, sus ojos dejarían de estar tristes.

La única persona con la que hablaba Stan era nuestra madre. Ella siempre estaba preocupada por él sin que yo viera ninguna razón entonces.

-Debemos tener mucho cuidado con tu hermano; es tan…frágil.

Ella no especificaba lo que quería decir, pero yo estaba segura de que

tenía que ver con sus ojos.

Otra cosa rara era que Stan nunca hablaba a Papá directamente. Cuando, inevitablemente tenía algo que decirle, murmuraba:

-Mamá, dile a Papá que…

Yo creía que esa manera indirecta era como un chico habla siempre a

su padre, a través de la madre, aunque el padre estuviera presente.

Otra de las razones por las cuales acababa a veces metida en los juegos aburridos de Stan, era que me sentía obligada ya que él no tenía amigos. No es que yo tuviera tantos tampoco.

* * * *

Silencio, pero incómodo, ha sido la sensación más habitual en esta casa. Excepto por los monólogos de mi madre, un vacío desagradable ha reinado la casa, una impresión que yo pensaba que se originaba en mi estómago y luego invadía el cuarto de estar, la cocina y el pasillo. Todos estos años me daba apuro el hecho de que yo estaba llenando el aire con ese monstruo, esa incapacidad mía de compartir el mismo espacio con mi familia.

En realidad, ninguno sabíamos cómo estar en la misma habitación: parecía que estábamos mal sentados al borde de nuestras sillas. Aun cuando cada cual estaba escondido detrás de un libro, la única actividad que hacíamos en el mismo espacio aparte de las cenas agobiantes, yo no dejaba de removerme en mi silla, sin poderme concentrar en las palabras de la página, consultando constantemente mi reloj para ver si suficiente tiempo había pasado, el necesario, en mi opinión, de estar con mi familia para tranquilizar mi culpabilidad. Ahora que lo pienso, tendría que haberme ido a mi cuarto en cuanto hubiera acabado de lavar los platos, pero algo me fastidiaba por dentro y me decía que tenía que hacer un esfuerzo, que se lo debía a la familia.

En el silencio del cuarto de estar, varias conversaciones sin hablar parecían ocupar el espacio, aunque no nos miráramos. Yo estaba segura de que oía los mensajes de mi madre y mi hermano exigiéndome que cambiara. De mi padre, pensaba que oía un silencio suplicante, a lo mejor una petición de ayuda. Podía sentir la incomodidad de esas conversaciones en mi cuerpo. Era una mezcla de rabia por sentirme obligada a aguantar tal situación, remordimientos por sentir esa rabia y también miedo a que, de alguna manera, algunas palabras abandonaran su existencia fantasmal y se verbalizaran. Tenía dudas de si mi intuición era correcta y si la tensión que sentía al pensar que algunos secretos estaban cerca de la superficie era sólo un producto de mi imaginación. Pero esta noche esas dudas están finalmente en paz.

Cuando pensaba que había cumplido con el tiempo requerido en familia, me retiraba a mi habitación con mis compañeros más queridos: los mapas.

Siempre he estado enamorada de los mapas. Una de las pocas pataletas que recuerdo haberme permitido fue porque quería un atlas. Sería por mi sexto cumpleaños. Había visto en la escuela esos libros que contenían, para mí, promesas y yo quería uno aunque mis padres no pensaban que fuera un regalo conveniente para una niña de mi edad. Me preguntaban una y otra vez que por qué quería un atlas y en mi fracaso en explicarme, mi rabia crecía.

Aún no lo puedo explicar.

Claro que, una vez tuve el atlas, no fue suficiente. Calcaba mapas de otros libros de la biblioteca del colegio y llenaba carpetas con ellos.

Me pasaba horas mirando los mapas en esta habitación, en mi mesa o en la cama, debajo de las mantas con una linterna cuando se suponía que ya estaba durmiendo. Miraba cada continente y cada país con atención e intentaba memorizar su ubicación. Pronunciaba los nombres de las ciudades cuidadosamente: «Beirut”, “Copenhagen”, “Pekín”, como si al decirlos las hiciera un poco mías. También planificaba itinerarios intentando imaginarme cuánto tiempo sería necesario para ir en tren de una ciudad a la otra.

Era más que una fantasía. Era posiblemente un pensamiento mágico o la omnipotencia, mi sensación de que, al involucrarme de tal manera con los mapas, me aseguraba que viajaría a esos lugares.

Aparte de mi habitación, mi otro refugio ha sido el parque de Outremont a unas cuantas manzanas de casa. Es un sitio a donde he necesitado ir al final de la tarde. En cuento llego, lo recorro entero para asegurarme que todo está en su sitio. Miro con cuidado las grandes casas que lo encierran por los cuatro lados y luego me dirijo hacia el centro del parque.

Si no está nevado, me siento en “mi sitio”, al pie de un árbol sobre dos raíces que forman un asiento. Ahí, sujetada por el árbol, miro al estanque, cierro poco a poco los ojos y escucho el sonido del agua de la fuente. Con ese sonido tranquilizante me siento a gusto y me paso un rato pensando en mis deseos.

La carrera de periodismo ha sido, desde hace algún tiempo, la opción que ha tenido más sentido para mí. Es la manera más fácil de seguir las dos voces que me llaman: viajar y escribir. Solo pensar en sitios lejanos y en otras maneras de vivir, con mi pluma y mi libreta, se esfuma el peso que siento en esta casa y me invade una ligereza.

Nunca he hablado con nadie de esta emoción. Tengo miedo de que piensen que es una tontería creer en las posibilidades que me esperan, en fila, como regalos sin abrir. O si alguien lo entendiera y no se burlara de mí, acaso el expresar mis planes se desinflarían y desaparecerían.

Aún con mi tendencia a imaginar que una brisa cálida atraviesa los cristales cerrados, también puedo ser bastante realista. A veces demasiado. Mi idea es mudarme mañana al piso que he alquilado con una amiga y empezar a estudiar periodismo en la Universidad de McGill y seguir trabajando unas horas a la semana en el café que hay enfrente de la universidad.

No estoy segura cuándo volveré al parque Outremont una vez me haya ido de este barrio. Quizá al no vivir con mi familia ya no lo necesitaré.

* * *

Para mí, ahora, lo que necesito hacer está muy claro: irme, alejarme de las mentiras y de los secretos. Pero esta noche, hasta que salga el sol, escribiré. No puedo dormir, no puedo tranquilizar mi mente después de lo que finalmente sé.

Mañana es domingo y mañana me voy.

El domingo ha sido siempre un día raro para mí, un largo tiempo tentándome con su libertad y su melancolía. A lo mejor es la tranquilidad del día, no estoy segura, pero no tiene nada que ver con cuestiones religiosas. He crecido sin ninguna religión en particular, ya que mis padres no han hablado del tema ni parece interesarles.

Pero sí he convivido con lo que me parecía una sombra intrigante de lo que yo sospechaba era religión. Los domingos, en casa, podemos hacer nuestras actividades normales, pero los sábados, cuando he puesto música en la radio que tengo en mi habitación, ha ocurrido algo interesante.

-¡Apaga eso! – gritaba mi madre, entrando en mi habitación – ¡Hoy no

es un día para música!

Como con tantos otros comportamientos de mi madre, yo no pensaba

que el tono autoritario que tenía su voz dejase lugar para las preguntas y, hasta hace poco, yo me decía que su reacción a mi radio de los sábados era sólo una rareza más de las suyas.

Navidad ha sido otro momento en el cual se palpaba esa sombra. Unos días antes de Navidad, mis padres empezaban a discutir, algo que raramente hacen, sobre todo porque no se hablan mucho. Intentaban mantener sus altercados pre-navideños en privado, pero eran bastante claro para mi hermano y para mí y, al final, se desbordaran a la hora de la cena.

-Sabes que no deberíamos, después de todo lo que pasó – mi madre

decía a mi padre mientras Stan y yo pretendíamos no oír nada.

-Pero si son pequeños, ¿por qué tienen que ser diferentes de los otros

niños? – contestaba mi padre en voz baja, mirando su plato.

El día de Navidad, por la mañana, aparecían, sin gran ceremonia, dos paquetes encima de la mesita del cuarto de estar. A mi madre no se le veía por ninguna parte y mi padre, con voz rara, decía que Mamá estaba enferma e intentaba animarnos a abrir los regalos, haciendo un esfuerzo patético por crear una alegría navideña. Stan y yo los abríamos, un poco avergonzados, nada convencidos por los esfuerzos de Papá y sabiendo que lo que hubiera en los paquetes era algo de lo cual éramos, en parte, responsables.

* * *

Lo que ha pasado esta noche es, sobre todo, culpa mía. Podría haber indagado antes en el pasado de la familia, aunque no estoy segura de que me hubiera servido de algo. Pero me pregunto por qué no me atreví. No es tan evidente. La razón principal es que mis padres han evitado el tema de su pasado (bueno, mi padre evita todos los temas) y cuando surgía algo, como el samovar, la manera en que mi madre se expresaba tenía una carga extraña, frases que parecían preñadas de imágenes y mitos, y que desanimaban con firmeza cualquier indagación. No es tanto lo que decía sino la sensación que la acompañaba, una clara sensación de peligro. Esa es una sensación que intento evitar a toda costa. Confieso que, en mi relación con mi familia, el margen que me han dejado para intentar ser algo parecido a lo que yo quería ser ha sido muy limitado. Cuando iba más allá de mis dos roles, el bufón o la excéntrica, empezaba a notar ese peligro, aunque no estoy segura de sí provenía de dentro de mí o si estaba flotando a mi alrededor. Puede ser que para no querer cruzar ese límite del peligro, ponía la excusa de que el no querer investigar el pasado es un comportamiento normal en las familias de inmigrantes, un comportamiento que he visto en esta vecindad y entre las familias de mis compañeros de clase: un silencio sobre el pasado que suena a alivio, alivio de estar en el nuevo país y de haber tenido suficiente suerte como para haber podido huir de la pobreza, las guerras, las tradiciones agobiantes, la falta de libertad, los problemas legales o las situaciones familiares innombrables. Para muchos emigrantes, su comida tradicional y, a veces, su idioma, son el único equipaje que han traído.

Además, cada vez que tengo la intención de hacer algo que sospecho que va a ser desagradable, tiendo a posponerlo. Eso es lo que pasó con la idea de averiguar a dónde iba mi padre por las mañanas. Hasta que tenía quince años no me decidí a hacerlo.

Fui bastante discreta. Un día, en cuanto oí que mi padre salía a las siete y media de la mañana, cogí mis libros y me acerqué a la puerta de la cocina sin entrar.

-Tengo que ir pronto hoy al instituto para estudiar para un examen –

dije a mi madre y me fui sin esperar una respuesta.

Era una mañana de febrero de viento cortante. Aún era de noche y la luz de las farolas se reflejaba en las aceras heladas. Había montañas de nieve a los dos lados de la calle donde las había dejado la máquina quitanieves desde la última nevada. Los pequeños jardines delante de cada casa estaban enterrados por meses de nieve.

Vi a mi padre cruzar la calle con paso inseguro, sus botas de plástico baratas resbalándose en los trozos de hielo que había en el asfalto y echar a andar por la acera de enfrente hacia la calle Saint Viateur. No estaba segura de cómo seguirle sin que me viera, ya que no había donde esconderse y éramos las únicas dos personas en la calle. Miré a la figura encorvada de mi padre y deseé que sus esfuerzos para protegerse del viento y su necesidad de tener que mirar hacia abajo para evitar los peores trozos de hielo, le impedirán mirar hacia atrás.

Cuando llegó a la esquina, se detuvo. Miró a izquierda y a la derecha. ¿Qué estaba haciendo?, pensé. Me daba una sensación rara, pero me reconfortaba la idea de que aún con su abrigo negro y su sombrero, su forma un poco rechoncha y bajita le daba una imagen bastante inofensiva, nada que ver con un personaje intrigante de una película de espías.

Aún con su forma familiar, mientras le miraba desde la otra acera, me di cuenta de que no le conocía, de que no tenía ni idea de qué era lo que iba a hacer ahí, en la calle. Me dio una sensación espeluznante el pensar que ese hombre, que era mi padre, tenía en su mente todo un mundo del cual yo no sabía nada, ni tenía ningún punto de referencia. Mientras mis piernas se empezaban a entumecer por el frío, pensé que había estado viviendo en la misma casa que él durante quince años, y aun así mi sensación de familiaridad con él era parecida a la que tenía cuando veía su sillón que siempre estaba en la misma esquina del cuarto de estar.

Una forma oscura, parecida a la de mi padre, se acercó a él. Hablaron. Se dieron la vuelta y echaron a andar juntos. Yo, que aún estaba en el otro lado de calle, y me arrimé a la pared, esperando no ser vista.

Los dos hombres entraron en el segundo edificio desde la esquina. Yo pasaba por delante cada día y siempre me había parecido un pequeño almacén, parte de la tienda que había en la esquina. Se me ocurrió que a lo mejor mi padre estaba ahí para algo relacionado a su negocio de la relojería. Esa idea tenía sentido.

Pero seguía con curiosidad. Eso y mi necesidad de mover las piernas me animaron a cruzar la calle y, lentamente, abrí la puerta del almacén.

Estaba confusa. Vi una sala grande mal iluminada por varias velas. No entendía qué eran esos ruidos. Podían ser cánticos o murmullos rítmicos. Varios hombres estaban de pie en filas, cada uno con un libro en las manos, repitiendo palabras mientras se inclinaban hacia delante haciendo como reverencias. Me alarmé. Miré entre todas las cabezas para ver cuál era la de mi padre, pero era difícil distinguirla ya que todas llevaban un gorrito parecido.

De repente, detrás de mí, una voz de hombre me sobresaltó, y dejando ir de la puerta que aún sostenía, me di media vuelta y, tropezándome con otra figura oscura, empecé a correr.

* * *

Esta tarde, cuando estaba recogiendo mis últimas cosas, me di cuenta de que , aparte de mi álbum de fotos de la infancia, no tenía más fotos de la familia. Primero pensé que podría volver más adelante a buscarlas, pero tuve una extraña sensación de conclusión acompañada por una urgencia que no sabía a qué se debía.

Empecé a preguntarme dónde guardaba mi madre algunas de sus viejas fotos. Estaba segura de que no había muchas por algo que ocurrió el día que cumplí dieciséis años. Mi madre, que estaba de un buen humor sorprendente, sacó un viejo sobre grande de un cajón del comedor y me dijo que me iba a enseñar una cosa.

El sobre estaba muy bien cerrado con cuerdas atadas en varios nudos. Después de mucho desatar, abrió el sobre, miró dentro a hurtadillas, asegurándose de que yo no viera nada. Poco a poco sacó una foto y me la entregó con una mirada tímida, casi con lágrimas, que no reconocí.

-Esto es de cuando yo…tenía tu edad – titubeó, muy diferente de su

tono seguro habitual.

Miré la foto amarillenta. Una mujer joven miraba a la cámara. Su pelo

era, sin duda, mi pelo, pero sus ojos tenían una mirada seria, casi de anciana, como si hubieran aceptado lo que no era posible.

El que mi madre me enseñara esa foto era una cosa tan fuera de lo corriente que tuve la impresión de que me estaba animando a hacerle preguntas. Mientras empezaba a pensar en formular alguna, ella arrebató la foto de mis manos y, rápidamente, la metió otra vez en el sobre atando los nudos con mucha eficacia, lo metió en el cajón y salió del comedor muy decidida sin mirarme.

No me ha costado mucho encontrar el sobre esta noche. Todos estaban ya durmiendo cuando he entrado de puntillas en el comedor con sólo la luz de una farola entrando por la ventana como guía. En el segundo cajón, debajo de unos manteles viejos, estaba el sobre.

Lo puse encima de la mesa y empecé a desatar los nudos. Saqué su contenido y encendí una lamparita. Había una docena de fotos. Además de la de mi madre a los dieciséis años, había otras de grupos de gente, a lo mejor familias, pero no reconocí a nadie. Entonces me vi a mí misma. Ahí estaba yo cuando tenía, posiblemente, un año y medio, con mis dientes nuevos y mis rizos rubios. Pero había algo raro en la foto. No, no era exactamente yo. Entonces pensé que era, a lo mejor, una foto de mi madre cuando era pequeña, pero cuando miré el dorso, leí: “Elizabeth, 1941”. ¿Quién era Elizabeth?, me pregunté. A lo mejor una prima. Miré la foto otra vez y entonces todas las luces del comedor se encendieron.

– ¡No! – gritó mi madre detrás de mí, dándome un gran susto. – ¡No la toques!- exclamó mientras me apartaba de la mesa con un empujón y me quitaba la foto de la mano. Mi madre estaba completamente transformada entre su bata que llevaba del revés y la cara que tenía, una mezcla de rabia y de pánico.

Me sorprendí tanto que osé a hacer lo que nunca he hecho: puse mis manos en los hombros de mi madre y la empujé para que se sentara en una silla y yo me senté a su lado, en otra. La miré a los ojos directamente.

-¿Qué está pasando? – dije en voz tajante, deseando que mi

tono la sacara de ese estado.

Ella tenía la foto en la mano y la miraba, llorando. Yo no sabía qué ocurría

pero sentí que algo cambiaba en mí, como si algo se estuviera desenganchando, como si estuviera despidiéndome de algo para siempre.

-La…mataron – dijo entre sollozos.

Noté que palabras atrapadas y prohibidas finalmente se liberaban como

un torrente que inundaba la habitación. Contuve la respiración, temiendo que lo que estaba por venir fuera más de lo que pudiera tolerar.

-Sabíamos que iban a venir, pero no los esperábamos tan pronto –

añadió mientras las lágrimas se deslizaban por sus mejillas.

Esa sensación de compasión que sentía por esa mujer que se parecía tan poco a mi madre era nueva. Quería cogerle la mano y mostrarle que me conmovía su tristeza, pero me sentí inmovilizada por mi confusión. Esa persona vulnerable, ¿era la misma mujer tan dura y mezquina que conocía desde siempre? Y ¿de qué estaba hablando?

-Habíamos empezado a preparar nuestra partida hacía unas semanas –

comenzó otra vez, un poco más tranquila. – Nos habíamos organizado gracias a unos contactos para que nos sacaran del país con pasaportes portugueses por tierra, hasta un puerto donde embarcaríamos en un pesquero portugués rumbo a Terranova. Había preparado sólo una bolsa para cada uno porque también teníamos que llevar en brazos a Elizabeth. Decidimos irnos un domingo ya que en sábado teníamos tantas restricciones, pero…- empezó a llorar otra vez, – pero…ellos, los, los nazis llegaron el sábado. Ella, – hizo una pausa para respirar – Elizabeth, estaba no muy lejos, en casa de mi hermana mientras yo organizaba la casa para aparentar que aún estábamos ahí después de irnos. Estaba poniendo flores en un jarrón y tu padre estaba en las nubes, mirando la estantería y los libros que dejaríamos, cuando el hijo de los vecinos entró gritando: “¡Idos, idos! ¡Han llegado y se han llevado a todos los de casa de tu hermana!”

De repente todo lo oculto estaba delante de mí. En un instante esa masa confusa que había llenado la casa con culpa, reproches, victimismo y miradas cargadas, desapareció y el peso de mis dudas se disipó y, sin moverlos, noté que mis brazos y mis piernas se aligeraban.

-Después de perder a tu hermana, – su voz me sacó de mi

autobservación- me quedé tan flaca que no pude tener más hijos durante años, hasta que nació tu hermano.

Yo estaba tan ocupada intentando encajar todo lo que de repente sabía con los últimos diecisiete años que casi no la escuchaba.

-Tenía tanto miedo de que Stan también desapareciera que no le

perdía nunca de vista – su voz era un hilito, como si estuviera hablándose a ella misma. – Creo que él, de alguna manera, sabía lo que había ocurrido a su hermana porque no empezó a hablar hasta muy tarde.

Dejó de hablar, miró otra vez la foto de Elizabeth y, poco a poco, levantó la mirada. Pareció sorprenderse al verme ahí. La cara le cambió completamente.

-¡Pero tú! – empezó en el tono acusador que yo conocía bien. – Pero

tú, tú naciste como si no supieras nada, como si no te importara. Te parecías tanto a Elizabeth pero tenías el descaro de sonreír, reír y gritar. ¡No tenías ningún respeto por lo que habíamos pasado! Exigías atención. No eras buena como Elizabeth y.…nunca lo serás – gritó mientras se levantaba y salía del comedor.

*

El cielo empieza a cambiar de color. Ha llegado la hora de irme. Meto mis mapas en la bolsa. Me voy antes de que nadie se despierte.

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