La Hazaña

Papá escribía envuelto. En su estudio del piso de arriba en la destartalada y fría casa de Sant Cugat, mi padre se pasaba los días escribiendo a máquina, con el anorak puesto y envuelto, de cintura para abajo, en una manta. Cada mañana enrollaba cuidadosamente la manta de cuadros alrededor de sus largas piernas y, una vez sentado, quedaba inmovilizado.

Yo tenía cinco o seis años. Un día, cuando estaba jugando abajo, sentí frío y subí a mi dormitorio a buscar un jersey. Subí las escaleras corriendo y, de repente, el sonido de la máquina de escribir cesó.

-Ven, ven un momento – llamó mi padre titubeando.

Dejé de correr y entré en el estudio.

– Tráeme ese libro – dijo apuntando hacia una de las cuatro paredes

que estaban cubiertas de estanterías del suelo al techo.

Miré desbordada los cientos de libros que me rodeaban, segura de que no conseguiría encontrar el que mi padre necesitaba. Eso le obligaría a llevar a cabo la complicada operación de desenrollarse de la manta.

No quería decepcionarle.

¿Cuál? – pregunté yo, sintiéndome como una enana entre las torres

de libros.

– Ése – volvió a apuntar mi padre con su largo dedo huesudo,

sonriendo, sin prisas.

Miré pensando que todos los libros me parecían iguales.

– Más a la derecha – dijo suavemente, como si en el fondo no le

importara si lo encontraba o no.

Me estaba empezando a marear de tanto dar vueltas.

– Al lado de ése – añadió, como si fuera un juego que había inventado

para que me entretuviese.

Me acerqué más a la estantería y apunté a uno un poco al azar.

– ¡Ese!

Con gran orgullo y de puntillas alcancé el libro y lo dejé encima de su

enorme mesa.

– Gracias – dijo sonriendo, aunque sus ojos no perdían su lejana

tristeza.

Salí del estudio y bajé los escalones despacio, uno a uno, como si volviera de conseguir una gran hazaña.

Pero no sé por qué, antes de llegar abajo, di media vuelta y subí otra vez silenciosamente. Como si jugara al escondite, me asomé al estudio y ví a mi padre, de pie, sin la manta, cogiendo otro libro de la parte más alta de la estantería.