No sabía lo que era, pero sí que era importante. Todos los cuadros que había en casa los habían pintado amigos de mis padres: Benjamín Palencia, Tàpies, Joan Vila Grau y otros. Pero había otros cuadros que no eran de nadie, que mi padre pintaba copiando de un libro. Él lo llamaba: “hacer un clé”.
Dijo que estaba “haciendo un clé” cuando pintó, en un trozo de madera, unos cuadrados de colores.
Eso de “hacer un clé” debe ser algo importante, pensaba yo, porque veía que mi padre dejaba de escribir unas horas para hacerlo.
Cuando mi madre encargó a un carpintero que hiciera un biombo para separar el cuarto de estar del pasillo, mi padre empezó a “hacer un clé” pintándolo con unas figuras que parecían ir en pequeñas barcas.
Yo también quería “hacer un clé”. Si mi padre pasaba tantas horas concentrado mientras pintaba, estaba segura de que era algo divertido.
En el cuarto de jugar, sin que nadie me viera, saqué uno de mis libros favoritos: Tintín, papel y lápiz y me puse a copiar los dibujos de Milú. Cuando tuve la página llena, la miré un rato y dudé si lo que acababa de hacer era “un clé”.
– ¿Qué es eso de “hacer un clé”?- me preguntaba yo.
Volví a donde mi padre estaba pintando el biombo y me senté en las
escaleras a mirar lo que hacía para ver si me enteraba de algo.
Cuando acabó de pintar, en una esquina escribió las letras “KLEE” y yo, desanimada, pensé que algún día, de mayor, sabría qué era eso de “hacer un clé”.