El Último Monstruito

Había tres belenes, pero dos de ellos me inquietaban. En Navidad, en casa, el belén más grande era el que montaba mi hermano mayor. Con las figuras que comprábamos en las Ramblas y el musgo que cogíamos en el bosque, mi hermano hacía el belén tradicional con detalles que me maravillaban: lucecitas, agua y harina que hacía de nieve. Me pasaba horas mirándolo.

Pero había otros dos belenes en casa. Uno era el que mi madre había hecho con arcilla antes de nacer nosotros. Consistía de un San José, la Virgen María, el niño Jesús, un buey y una mula, de un tamaño mucho más grande que las figuras de un belén normal, que mi madre colocaba al pie del árbol de Navidad. Pero había algo en esas figuras tan perfectas que me hacía sentir incómoda: San José y la Virgen María eran…mis padres. La Virgen María era rubia, con ojos azules, como mi madre, y tenía su misma cara. Y San José era, exactamente como mi padre, excepto la barba. Tenía el mismo pelo negro peinado hacia atrás y, lo que me confirmaba que era mi padre: la nariz. Esa figura tenía la misma nariz peculiar que Papá: grande y torcida.

Si mis padres estaban en el belén, para mí eso explicaba por qué las Navidades estaban llenas de obligaciones religiosas. Me molestaba que en Nochebuena, el día en que estábamos con tanta ilusión, después de lo que parecía una tarde interminable de espera, para entrar en el cuarto de estar y ver el árbol encendido con velas y regalos por todas partes, teníamos que quedarnos ahí sin tocar nada, esperando aún más tiempo mientras escuchábamos obligatoriamente la lectura del Evangelio y después rezar un Padre Nuestro.

Si esas figuras del belén hubieran tenido caras anónimas, pensaba yo, a lo mejor la Nochebuena no hubiera estado estropeada por cuestiones religiosas de los mayores, como ir a la misa de gallo.

Pero el tercer belén era culpa mía. Estaba formado por las figuras de barro que hacíamos en el colegio. Cada año traía a casa una figura que me parecía aún más fea que la del año anterior. No podía negarlo: la arcilla se me daba fatal. Al trozo de barro que me daba la profesora, no conseguía darle forma. Siempre acababa con el mismo monstruito con los brazos que le salían de las costillas. Pero mis padres no parecían darse cuenta de lo feas que eran mis figuras de barro. Cada año, mi madre sacaba las figuras, envueltas en papel de periódico, de su caja y las ponía en algún lugar importante, aunque yo creía ver en la cara de mi madre una mirada especial, la misma que tenía cuando daba una limosna a algún pobre que venía a la puerta.

Recuerdo la última vez que llevé una de esas figuras a casa. Volvíamos del colegio, mis hermanos y yo, andando. Yo llevaba una figura pintada de rojo en la mano y hacía bromas, como si la figura hablara:

– ¡Grrr! ¡Soy un monstruito!

Pero en el fondo quería llorar de rabia, porque todos verían qué fea era

la figura que había hecho. Me avergonzaba sólo de pensar en que cuando vinieran visitas a casa se verían obligadas a decir cosas amables sobre mis monstruos:

– ¡Qué bonito este belén! – me imaginaba que mentirían, intentando

ser amables.

Lo que quería hacer era tirar la figura en uno de los descampados que había por el camino a casa. Si estuviera sola, lo haría, pensaba yo.

Pero estaba segura de que mis hermanos se lo dirían a mis padres. Me daba aún más rabia el no tener el coraje de hacerlo, el sentirme atrapada por mi cobardía y obligada a llevar la figurita deforme hasta casa.

Al entrar, ví que Papá estaba sentado en el sillón blanco del cuarto de estar, leyendo. Puse la figura encima de la mesa, ante él, con un gesto cómico:

– Aquí está: ¡El último monstruito!

Mi padre bajó el libro y miró la figura con seriedad. La cogió y la miró

más detalladamente. Me miró y sonrió amablemente.

– ¿De verdad la has hecho tú?

Sonreí sin saber qué decir y mi padre me dio una palmadita en la cabeza

y siguió sonriendo.

De repente supe que su sonrisa no tenía nada que ver con lo fea que era la figura.