No era como otros días. El paseo que mis padres daban al final de la tarde, ese día, lo iban a hacer después de comer. Pero no era lo único extraño. Mi padre estaba inquieto por empezar el paseo y metía prisas a mi madre. Normalmente era al revés. Y, aunque yo no tenía más de ocho años, notaba los cuchicheos entre mis padres. Algo diferente estaba pasando.
– Hasta luego – dijeron mis padres al salir por la puerta como todos los
días, pero yo notaba un cambio en el tono de voz que me hacía sospechar algo.
Mis hermanos estaban cada uno en su habitación y yo estaba en el cuarto de estar con la tía Marisa, que había prometido enseñarme una canción japonesa. Tía Marisa, siendo música, tenía un gran repertorio de canciones de todo el mundo, pero esta canción, me dijo, tenía un pequeño baile que la acompañaba y sólo me lo iba a enseñar a mí, ya que mis hermanos, decía ella, lo encontrarían una tontería.
Tía Marisa me puso una bata vieja como si fuera un kimono y me enseño a cantar “Sakura, sakura” y a andar como decía ella que andaban las japonesas, pero yo no llegaba muy lejos con esos pasitos porque me daba la risa.
No llevábamos mucho tiempo con ese juego cuando sonó el timbre. Rápidamente me quité la bata, fuimos a la puerta y a través del cristal vimos a dos hombres: uno bajito, gordito, con un corte de pelo raro y un bigote largo, y otro más alto, rubio y de ojos azules. Sin pensar si era conveniente o no, abrí la puerta.
– ¿Vive aquí poeta Valverde? – preguntó el bajito con un acento
extraño.
– Sí- dijimos mi tía y yo al mismo tiempo.
– Les presento- dijo el bajito haciendo una especie de reverencia y
apartándose mientras señalaba hacia el rubio, – al gran poeta ruso Ievtushenko.
Había oído hablar de Ievtushenko, pero me sorprendió que estuviera ahí. Dudé si yo también tenía que hacerle una reverencia, pero ya había conocido a otros poetas que venían a nuestra casa y nunca había visto a nadie hacerles reverencias. Decidí no hacerlo y nos quedamos los cuatro inmóviles. Finalmente, mi tía les invitó a entrar y a sentarse.
– No tardarán- dijo, – se han ido a dar un paseo.
El hombre bajito intentaba hablar con grandes sonrisas debajo de su
bigote, pero su castellano no era muy bueno.
– El poeta Yevtushenko no hablar castellano. Yo traducir. – dijo, pero
el poeta no decía nada, ni en castellano ni en ruso.
La tía Marisa, que normalmente era muy sociable, parecía no saber qué decir. Yo pensaba que la cara seria de Ievtushenko le intimidaba como a mí. Los dos rusos se sentaron en los sillones y mi tía y yo en el sofá. En medio había una mesa baja con un cuenco de madera lleno de fruta.
Después de un largo silencio, mi tía cogió el cuenco con una gran sonrisa.
– ¿Quieren fruta? – dijo mientras se lo acercaba.
Yo pensaba que era un poco raro el ofrecerles fruta, que normalmente se
ofrecía a los invitados una cerveza o algo así.
El intérprete dijo que no, pero Ievtushenko cogió un plátano y durante unos minutos no tuvimos que pensar en decir nada.
Pasaba el tiempo, pero mis padres no volvían. No sé por qué, pero tenía la impresión de que no volverían mientras los rusos estuvieran ahí. Algo del extraño comportamiento de mi padre antes de salir me hacía estar segura de eso.
Me imaginaba a mis padres escondidos entre la hiedra de la tapia, esperando a que se fuera Ievtushenko, aunque no creía que supieran los escondites que yo conocía entre las hojas.
– No sé ninguna canción rusa – dijo mi tía de repente, tratando de
buscar un tema de conversación- pero sé una rumana. Bueno, es un villancico. Se lo cantaré aunque no sea Navidad – añadió cogiendo la guitarra.
Yo me alegré de que mi tía hubiera encontrado algo con que llenar el tiempo. Se puso a cantar mientras yo me perdía en mis pensamientos.
¿Por qué mi padre no quería ver a Ievtuchenko? Sólo puede ser una de dos cosas, me decía yo: o no le gusta cómo escribe, o es una cuestión de política. En esos años, en las conversaciones que oía a los mayores en casa, parecía siempre haber dos bandos para todo. Si un escritor era apreciado, se hablaba de él como si fuera “de los nuestros”. Pero si no, era uno de los “otros”. Lo mismo ocurría con los pintores y con las ideas políticas. Yo pensaba que el mundo estaba dividido en dos.
– También les puedo cantar alguna canción en alemán – continuó mi
tía, – ¿Saben alemán? Bueno, da igual. Saben, mi padre era de Viena…
Y mientras mi tía seguía su monólogo, yo intentaba esforzarme por recordar qué había oído sobre Ievtushenko. Sólo que era un poeta ruso. No recordaba nada más. Por una vez lamenté no haber prestado más atención a las conversaciones de los mayores.
– Es extraño- dijo el intérprete cuando mi tía hubo acabado una
canción, – otros escritores tampoco están en casa. Hemos ido a ver al señor Ferrater y no estar en su casa.
No debe ser casualidad, pensé yo, se habrán puesto de acuerdo o ¿estarán todos juntos? Me imaginaba a mi padre y a Gabriel Ferrater escondidos en la hiedra juntos esperando a que el “pesado” (el único insulto que mi padre utilizaba) del Ievtushenko se hubiera vuelto a Rusia.
Pensé también que si yo intentaba hacer lo mismo, esconderme cuando venía alguna visita que había que saludar, mis padres se enfadarían. En cambio un adulto puede hacerlo, me dije. Una razón más, de muchas que tenía, para querer ser mayor lo antes posible.
Pasaron las horas y el sol se empezó a poner. A los rusos se les veía aburridos de esperar y del concierto germánico.
– Siento tenemos que ir – dijo el intérprete levantándose. Ievtushenko
hizo lo mismo.
– Pero…no, no se vayan – suplicó mi tía que parecía querer seguir su
recital, – seguro que llegarán enseguida.
Sí, en cuanto se vayan, pensé yo.
Y así fue. Cinco minutos después de la partida de los rusos, mis padres entraron por la puerta.
– ¡Papá, Mamá! – grité corriendo hasta la entrada, – ¡Ha estado aquí
Ievtushenko! Se acaba de ir. Seguro que le podéis alcanzar por el Paseo de Valdoreix.
– Deja, deja – dijo mi padre con poco entusiasmo, confirmando mis
sospechas.
Pero, pensaba yo, aunque mi padre tenga sus razones para no querer verle, ha estado aquí Ievtushenko. Me parecía algo importante como para remarcarlo de alguna manera especial. Entonces cogí de la mesa la piel del plátano que se había comido Ievtushenko y corrí detrás de mi padre que subía a su estudio.
– ¡Éste es el plátano que se ha comido Ievtushenko!