El que se llamara Noé me dio un mal presentimiento. Era el primer escritor con el que me topaba al entrar en el hotel de La Habana donde se celebraba un congreso internacional de escritores en 1992 organizado por La Casa de las Américas.
Yo estaba ahí en calidad de “hija-de” y para tomar el sol, pero los demás participantes eran escritores consagrados como Manolo Vázquez Montalbán, José Saramago o mi padre, José María Valverde. Ellos llegaron preparados para participar en ponencias y debates con sus caras serias y solemnes que contrastaban con la música y el espíritu de fiesta que se palpaba en las calles.
La primera noche, durante la cena, en el restaurante del hotel, los escritores estaban sentados dos o tres por mesa, hablando poco y en voz baja. De la mesa que yo compartía con mi padre, Manolo y Saramago, tampoco se oía mucho. Manolo parecía estar ausente y serio. Yo le miraba pensando que a lo mejor estaba preocupado por algo o era su silencio habitual. Mi padre, con su no tan ligera sordera, sonriendo, intentaba captar lo que le decía Saramago con su suave voz y dulce acento.
Miré alrededor a tal panorama y estaba segura de que ningún otro participante habría traído el traje de baño, pero aún así, estaba decidida a ir a la playa todos los días.
Desafortunadamente, la primera mañana amaneció lloviendo a cántaros. Decepcionada, me uní a los participantes que andaban de puntillas entre los charcos en el desplazamiento que había que hacer entre el hotel y La Casa de las Américas donde se llevaban a cabo las conferencias.
Encontré las presentaciones interesantes pero sin gran pasión, o a lo mejor era la lluvia.
La segunda mañana, en la que Manolo y mi padre tenían que hacer sus presentaciones, el panorama era aún peor: las calles estaban inundadas con medio metro de agua y la lluvia no parecía querer cesar. No veía cómo podríamos salir afuera.
A la puerta del hotel, Manolo y mi padre, con sus respectivas carpetas debajo del brazo, parecían confusos, como si no supieran qué hacer. ¿Se irían cada uno a su habitación a escribir? Seguro, pensaba yo, que siendo los dos trabajadores infatigables, habrían traído algún proyecto que acabar. ¿O se quedarían ahí inmóviles el resto del día?, me pregunté.
Pero no, no se quedaron de pie. Alguien empezó a sacar sillas a la entrada y mi padre, Manolo y los otros escritores, después de dudar un rato, se sentaron.
Mirar la calle era como mirar un río pasar, y a medida que su caudal aumentaba, aumentaban también los eventos insólitos. Primero un conocido miembro del Comité Central cruzó la calle en calzoncillos aguantando su uniforme bien doblado sobre la cabeza para que no se mojara. Manolo le animó en su travesía con comentarios graciosos y los demás empezaron a sonreir.
Más adelante vimos a un jóven en bici, o lo que creíamos que era una bici, ya que sólo se divisaba el manillar por encima del agua.
– ¡Adelante el tour de Cuba! – gritó alguien al de la bici.
Miré alrededor y me costaba reconocer a mi padre y a Manolo.
No paraban de reirse como niños.
Por la tarde, el nivel del agua estaba a más de un metro y la calle o río se llenó de gente nadando. Suponía que estaban volviendo del trabajo. Todos los escritores, algunos con un mojito en la mano, les felicitaban por sus variados estilos de natación.
Cuando el ambiente de fiesta y el agua llegaron a niveles que yo pensé eran un poco exagerados, se fue la luz y una voz anunció:
– Vayan a buscar su equipaje que el ejército cubano vienen a
evacuarles.
Se armó un gran alboroto: como niños que salen al recreo, todos salieron corriendo en busca de sus maletas. Mi padre y yo nos miramos y, aunque él no era dado a ser juguetón, nos pusimos a correr por el pasillo hasta nuestra habitación.
Aunque ya era oscuro, en la puerta principal creí ver un enorme camión anfibio. Era un día tan fuera de lo normal que me pareció muy lógico que el primero en subir fuera Noé, el escritor italiano, cosa que hizo con determinación y animándonos a seguirle como si fuera su arca.
Viendo la altura del camión anfibio, no veía como mi padre o Manolo que estaban a mi lado, iban a conseguir trepar, ya que ninguno de los dos era muy ágil. Mi padre me sonreía y encogía los hombros con esa expresión tan suya para las situaciones sin remedio. Pero de repente, dos jóvenes soldados se nos acercaron con rapidez y sin decir una palabra, subieron a Manolo y a mi padre al camión a volandas, mientras los dos escritores se reían.
Finalmente estábamos todos sentados en el suelo del camión, entre maletas, mojados, pero la lluvia no parecía ahogar los espíritus.
– Hay algo que no os he dicho – dijo de repente Manolo con la seria
voz por la cual era famoso antes de ese día.
Nos callamos y le miramos con curiosidad.
– Esta noche cenamos con Fidel.
Me quedé sorprendida, pero antes de que pudiera indagar sobre la
noticia Noé añadió:
– Pues hay otra cosa que no sabeís.
¿Qué más puede pasar en un día como hoy?, me pregunté.
– El hotel al que nos llevan ahora se llama…Neptuno.