La Nana de la Grava

No sabía si lo peor era el miedo o el tener que esperar. En mi cama del pequeño dormitorio que parecía un camarote – techo bajo en forma de bóveda, dos diminutos ventanucos y una lámpara que entonces yo pensaba que era de un barco – la noche se me hacía interminable. Aun así, intentaba estar quieta para que mi hermana no se percatara de que estaba despierta esperando el regreso de nuestros padres.

Apenas iban a Barcelona por la noche, pero esa tarde mientras los niños cenábamos, ellos se pusieron elegantes – mamá con un vestido de punto blanco – y dijeron que iban a una cena, dejándonos al cuidado de la niñera.

Cuando ya estaba acostada y con la luz apagada, mis temores comenzaron. Pero no era miedo por los que nos quedábamos en la casa aislada. Mi mente no daba vueltas sobre que estuviéramos a las afueras de Sant Cugat del Vallés rodeados de casas vacías que sólo se llenaban en verano. Tampoco pensaba en el chirrido de la veleta en forma de gallo en el tejado que se movía con el viento. Y aún menos en los maullidos de los gatos que amenazaban con pelearse en el jardín.

Inmóvil, en mi pequeña cama, temía por mi padre, mi mente saltando inquieta entre frases que había oído decir a los mayores, a mis padres y sus amigos, mientras tomaban café en el jardín:

– La policía se lo llevó.

– En la cárcel le pegaron…

– Hasta se llevan a curas a la cárcel.

– La policía entró en la universidad y pegaron a todos.

Jugando con el gato, yo hacía como si no escuchaba, sentada cerca de

las sillas blancas donde estaban sentados ellos. Sabía que hablaban del sitio a donde iba mi padre todos los días.

Echada en la cama me angustiaba imaginándome todas las situaciones que sabía que podían ocurrir y pensaba en mi padre, que, cuando íbamos por la calle y se nos acercaba un perro, se ponía nervioso y hacía que cambiáramos de acera. En otras ocasiones yo me adelantaba y acariciaba el perro para mostrar a mi padre que no había ningún peligro.

– Si le da miedo un perro, ¿qué hará cuando se lo lleve la policía? –

pensaba yo alterada esa noche.

-Contaré hasta cien – me dije a mí misma- y ya estarán de vuelta.