Viajes desde mi cama

Introducción

(FRAGMENTOS)

En su vida entre trabajos y problemas de salud, Clara Valverde consiguió viajar. Esos viajes inspiraron una colección de cuentos que fue elaborando en los largos tiempos en los que estaba confinada a su cama.

Todos esos cuentos tienen la libertad de ser ficción, excepto el último, “Mi abuelo era judío”, historia que desearía haber tenido la suerte de ser ficción.

Damasco, Siria

4:30 Las voces llaman simultáneamente desde todas las mezquitas sin coordinarse, sin competir, sin chocar ni unirse. Comienzos constantes. Hoy llegas tú. Eso dice tu carta. No sé a qué hora pero ya no puedo cerrar los ojos porque sólo por ese instante de tu mirada espero.

6:30 Ahora es el turno de las llamadas de los pájaros. Menos impresionantes que los muezins. Discretos, como tienden a ser los pájaros. Y tú, ¿cómo te atreves a volver otra vez con el equipaje lleno de los recuerdos que evocan tus ojos, esos ojos que pretenden ser discretos?, ¿vienes a que tu suave mirada me tenga en vilo, sabiendo lo que no es posible?, ¿otra vez?

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Palestina: Las Luces Engañosas

Era su única ilusión. Yo sabía que era mentira pero lo hacía cada noche para complacerle.

– Sí, abuelo, ya subo contigo a ver las luces de Jaffa.

Yo no era su único nieto pero era el único que colaboraba con el abuelo en esa rutina que yo creía que le mantenía en vida.

El año 1948, mi abuelo Jabir, se había tenido que ir de su casa, de su pueblo de Jaffa, el pueblo de sus padres y de sus abuelos. El dejar su pueblo no era una idea que mi abuelo ni ninguno de sus vecinos habían contemplado ni ese año que luego bautizaron como Nakba (“El Desastre”), ni nunca, cuando, de una manera precipitada, tuvieron que salir con todo lo que pudieron cargar en sus carros. Las instrucciones estaban claras: tenían que irse a un trozo de tierra en alto, lejos, desde el cual ya no podrían volver al mar. Por decreto.

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Paris

LA VENTANA

Pronto se iría con él, por lo que no valía la pena engrasar las bisagras para silenciar el chirrido de la puerta. Tampoco tenía sentido, se decía ella, comprarse más libros y comenzó a vaciar las estanterías y a vender, a la librería Shakespeare and Company, los libros que no eran los más imprescindibles. Pronto se iría. Ya quedaba poco.

Él le escribía: “pronto estaremos juntos” desde un país lejano y le mandaba paquetes llenos de los colores que vería cuando finalmente se instalara ahí: flores violetas y rojas de los árboles grandes y tela azul turquesa teñida por una mujer en el mercado. Los colores brillantes que le hablaban de una tierra del sur.

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Guatemala

SALVADA POR LA CLAUSTROFÓBIA

En aquel mismísimo día decidió dejar de intentar curar su claustrofobia.

Desde pequeña había convivido con esa desagradable sensación de que no podía estar en un espacio pequeño y de que le faltaba aire.

Pero lo peor fue en Guatemala. La extrema altura del altiplano hacía que el respirar fuera una dificultad permanente. Y como si eso no fuera suficiente, los autobuses en los que se desplazaba iban atiborrados. Un viejo autobús amarillo que, en sus buenos tiempos sirvió como transporte escolar para cuarenta niños norteamericanos, ahora transportaba casi cien indígenas y sus pertenencias.

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Marruecos

ENTRE TAZENKHT Y TAKDISHT

AHMED PIENSA SENTADO EN CUCLILLAS AL BORDE DEL CAMINO

¿Cuándo fue la última vez que me dirigió la palabra? ¿Cuándo? ¿Fue después de la noche de la Fiesta del Cordero o esa misma noche en la plaza? ¿Ella se quedó muda, hechizada por el que contaba el cuento de los astros, los colores y los números? ¿Qué pasó aquella noche? ¿No dicen que cuando coinciden la luna llena y el contador de cuentos de los astros, hay mujeres que dejan el velo? ¿Pero Zaïda ha dejado más que el velo? ¿Pensaba yo que las cosas no cambiarían? ¿Desde siempre ella iba a ser la de siempre? ¿Y no lo habían acordado ya las familias? ¿Quién es esa mujer de azul que se acerca? ¿Podría ser ella? ¿Ha acabado mi pesadilla? Ah, no, no es ella.

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Washington

LA PARED

No sabía si era espía o un militante clandestino de izquierdas o quizás un empleado de una agencia internacional.

Hablaba en generalidades, con ciertas alusiones y desaparecía y aparecía en los sitios y en los momentos menos esperados.

Aun así, Julia sacó un par de cosas de él: que viajaba constantemente entre Cuba, su Brasil natal y Washington D.C., donde se suponía que vivía, que tenía pánico a la policía de los aeropuertos y su nombre: Ulysses.

En una conferencia (o una tapadera, nunca lo supo) sobre la situación económica de Brasil que dio en la ciudad donde vivía Julia, ella le conoció y se obsesionó. O se obsesionaron, porque él insistió que ella fuera a verle pronto.

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Estambul

BOLSILLO LLENO DE TERNURA

Suavemente, de la misma manera que cuando cruzaba la plaza de Ortakoy y no quería ahuyentar las palomas, sube, como todas las tardes, de puntillas, al tranvía a las cuatro en punto. Se ajusta el pañuelo para ser vista lo menos posible y se sienta ni muy lejos ni muy cerca de él, sin molestar, para comenzar su viaje diario a ninguna parte.

El tranvía recorre las avenidas Turgutozal, Yenicericer y Divayolu, hasta la mezquita del Sultán Ahmet, una y otra vez, hasta las ocho de la noche.

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Amman

LAS PALABRAS DEL VIUDO

Miro su foto y repito su nombre. Miro su foto cada día y recuerdo algún detalle: las tardes de verano sentados a la sombra de la higuera a las afueras de Nablus. Repito su nombre para mantenerla en vida, para que siga existiendo. Recuerdo los campos de olivos de Ramala delante de nuestra casa, las laderas con los almendros en flor. Repito su nombre pero no sólo para mí. En las comidas familiares la invoco, todos lo hacemos, para que siga siendo parte de nosotros, para que esté presente. Escribo sobre ella en mis cartas, incluyo su nombre y alguna anécdota sobre ella en cada oportunidad.

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Montreal

EMMA CIERRA LA PUERTA

30 de agosto, 1966

Mañana me voy y esta noche no puedo dormir. Estoy llena de sentimientos confusos y agitados, y lo único que puedo hacer para intentar calmarlos es escribir. Aunque me siento mejor después de haber llorado un buen rato, lo que ha ocurrido esta noche me ha dejado trastornada en un día que ya era tenso. Mañana me voy de casa de mis padres y estaba intentando no ponerme a recordar como se tiende a hacer en un momento así. Quería pasar por esto como si nada, manteniendo mis emociones tranquilas. Pero con mis maletas a punto para mañana, he tenido un incidente con mi madre que me ha dejado alterada.

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Mi Abuelo era Judío

El FIN DEL SILENCIO

Ya no es un secreto: mi abuelo era judío. Ya no hay que mantenerlo en silencio. Wilhem (“Willy”) Gefäll nació en Viena en 1888 y se pasó la vida escondiendo que era judío. Rubio, de ojos azules, mi abuelo era silencioso, bien educado, dulce y responsable. Así lo describen los que lo conocieron.

De niño cantó con los Pequeños Cantores de Viena sin que se enteraran de que era judío.

Estudió ingeniería en la Alta Escuela de Viena sin que se enteraran de que era judío.

Vino a España para trabajar pero se quedó al enamorarse de una española que no se enteró de que era judío.

Se casaron y tuvieron diez hijos sin que ninguno de ellos se enterara de que su padre era judío. Eran muy felices en su gran piso en un privilegiado barrio de Madrid. Cantaban juntos a cinco voces. Celebraban unas navidades mágicas, con un árbol con velas de verdad, en la tradición austriaca.

Iban a misa fielmente y, cuando estaban arrodillados, mi abuela le decía a mi abuelo en voz baja:

– Guillermo, reza con más fervor. Te falta fervor.

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